Curiosity is insubordination in its purest form. -Vladimir Nabokov

jueves, 9 de febrero de 2012

-Tenemos que vernos otro día -dijo Winston. -Sí, tenemos que vernos -dijo ella.

«Cuando ocurre eso, se desea de verdad», y él lo había pensado en serio. No solamente lo había dicho, sino que lo había deseado. Había deseado que fuera ella y no él quien tuviera que soportar a las...

Se produjo un sutil cambio en la música que brotaba de la telepantalla. Apareció una nota humorística, «la nota amarilla». Una voz quizá no estuviera sucediendo de verdad, sino que fuera sólo un recuerdo que tomase forma de sonido cantaba:

Bajo el Nogal de las ramas extendidas

yo te vendí y tú me vendiste.

Winston tenía los ojos más lacrimosos que de costumbre. Un camarero que pasaba junto a él vio que tenía vacío el vaso y volvió a llenárselo de la botella de ginebra.

Winston olió el líquido. Aquello estaba más repugnante cuanto más lo bebía, pero era el elemento en que él nadaba. Era su vida, su muerte y su resurrección. La ginebra lo hundía cada noche en un sopor animal, y también era la ginebra lo que le hacía revivir todas las mañanas. Al despertarse rara vez antes de las once con los párpados pegajosos, una boca pastosa y la espalda que parecía habérsele partido le habría sido imposible echarse abajo de la cama si no hubiera tenido siempre en la mesa de noche la botella de ginebra y una taza. Durante la mañana se quedaba escuchando la telepantalla con una expresión pétrea y la botella siempre a mano. Desde las quince hasta la hora de cerrar, se pasaba todo el tiempo en El Nogal. Nadie se preocupaba de lo que hiciera, no le despertaba ningún silbato ni le dirigía advertencias la telepantalla. Dos veces a la semana iba a un despacho polvoriento, que parecía un rincón olvidado, en el Ministerio de la Verdad, y trabajaba un poco, si a aquello podía llamársele trabajo. Había sido nombrado miembro de un subcomité de otro subcomité que dependía de uno de los innumerables subcomités que se ocupaban de las dificultades de menos importancia planteadas por la preparación de la undécima edición del Diccionario de Neolengua. En aquel despacho se dedicaban a redactar algo que llamaban el informe provisional, pero Winston nunca había llegado a enterarse de qué tenían que informar. Tenía alguna relación con la cuestión de si las comas deben ser colocadas dentro o fuera de las comillas. Había otros cuatro en el subcomité, todos en situación semejante a la de Winston. Algunos días se marchaban apenas se habían reunido después de reconocer sinceramente que no había nada que hacer. Pero otros días se ponían a trabajar casi con encarnizamiento haciendo grandes alardes de aprovechamiento del tiempo redactando largos informes que nunca terminaban. En esas ocasiones discutían sobre cual era el asunto sobre cuya discusión se les había encargado y esto les llevaba a complicadas argumentaciones y sutiles distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e incluso recurrían a las autoridades superiores. Pero de pronto parecía retirárselas la vida y se quedaban inmóviles en torno a la mesa mirándose unos a otros con ojos apagados como fantasmas que se esfuman con el canto del gallo.

La telepantalla estuvo un momento silenciosa. Winston levantó la cabeza otra vez. ¡El comunicado! Pero no, sólo era un cambio de música. Tenía el mapa de África detrás de los párpados, el movimiento de los ejércitos que él imaginaba era este diagrama; una flecha negra dirigiéndose verticalmente hacia el Sur y una flecha blanca en dirección horizontal, hacia el Este, cortando la cola de la primera. Como para darse ánimos, miró el imperturbable rostro del retrato. ¿Podía concebirse que la segunda flecha no existiera?

Volvió a aflojársela el interés. Bebió más ginebra, cogió la pieza blanca e hizo un intento de jugada. Pero no era aquélla la jugada acertada, porque...

Sin quererlo, le flotó en la memoria un recuerdo. Vio una habitación iluminada por la luz de una vela con una gran cama de madera clara y él, un chico de nueve o diez años que estaba sentado en el suelo agitando un cubilete de dados y riéndose excitado. Su madre estaba sentada frente a él y también se reía. Aquello debió de ocurrir un mes antes de desaparecer ella. Fueron unos momentos de reconciliación en que Winston no sentía aquel hambre imperiosa y le había vuelto temporalmente el cariño por su madre. Recordaba bien aquel día, un día húmedo de lluvia continua. El agua chorreaba monótona por los cristales de las ventanas y la luz del interior era demasiado débil para leer. El aburrimiento de los dos niños en la triste habitación era insoportable. Winston gimoteaba, pedía inútilmente que le dieran de comer, recorría la habitación revolviéndolo todo y dando patadas hasta que los vecinos tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar. Al final le dijo su madre: «Sé bueno y te compraré un juguete. Sí, un juguete precioso que te gustará mucho». Y había salido a pesar de la lluvia para ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora y volvió con una caja de cartón conteniendo el juego llamado «De las serpientes y las escaleras». Era muy modesto. El cartón estaba rasgado y los pequeños dados de madera, tan mal cortados que apenas se sostenían. Winston recordaba el olor a humedad del cartón. Había mirado el juego de mal humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces su madre encendió una vela y se sentaron en el suelo a jugar. Jugaron ocho veces ganando cuatro cada uno. La hermanita, demasiado pequeña para comprender de qué trataba el juego, miraba y se reía porque los veía reír a ellos dos. Habían pasado la tarde muy contentos, como cuando él era más pequeño.

Apartó de su mente estas imágenes. Era un falso recuerdo. De vez en cuando le asaltaban falsos recuerdos. Esto no importaba mientras que se supiera lo que era. Winston volvió a fijar la atención en el tablero de ajedrez, pero casi en el mismo instante dio un salto como si lo hubieran pinchado con un alfiler.

Un agudo trompetazo perforó el aire. Era el comunicado, ¡victoria!; siempre significaba victoria la llamada de la trompeta antes de las noticias. Una especie de corriente eléctrica recorrió a todos los que se hallaban en el café. Hasta los camareros se sobresaltaron y aguzaron el oído.

La trompeta había dado paso a un enorme volumen de ruido. Una voz excitada gritaba en la telepantalla, pero apenas había empezado fue ahogada por una espantosa algarabía en las calles. La noticia se había difundido como por arte de magia. Winston había oído lo bastante para saber que todo había sucedido como él lo había previsto: una inmensa armada, reunida secretamente, un golpe repentino a la retaguardia del enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre el estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: «Amplia maniobra estratégica... perfecta coordinación... tremenda derrota medio millón de prisioneros... completa desmoralización... controlamos el África entera. La guerra se acerca a su final... victoria... la mayor victoria en la historia de la Humanidad. ¡Victoria, victoria, victoria!».

Bajo la mesa, los pies de Winston hacían movimientos convulsivos. No se había movido de su asiento, pero mentalmente estaba corriendo, corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la multitud, gritaba hasta ensordecer. Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano. ¡Aquél era el coloso que dominaba el mundo! ¡La roca contra la cual se estrellaban en vano las hordas asiáticas! Recordó que sólo hacía diez minutos, sí, diez minutos tan sólo todavía se equivocaba su corazón al dudar si las noticias del frente serían de victoria o de derrota. ¡Ah, era más que un ejército eurasiático lo que había perecido! Mucho había cambiado en él desde aquel primer día en el Ministerio del Amor, pero hasta ahora no se había producido la cicatrización final e indispensable, el cambio salvador. La voz de la telepantalla seguía enumerando el botín, la matanza, los prisioneros, pero la gritería callejera había amainado un poco. Los camareros volvían a su trabajo. Uno de ellos acercó la botella de ginebra. Winston, sumergido en su feliz ensueño, no prestó atención mientras le llenaban el vaso. Ya no se veía corriendo ni gritando, sino de regreso al Ministerio del Amor, con todo olvidado, con el alma blanca como la nieve. Estaba confesándolo todo en un proceso público, comprometiendo a todos. Marchaba por un claro pasillo con la sensación de andar al sol y un guardia armado lo seguía. La bala tan esperada penetraba por fin en su cerebro.

Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión! ¡Qué tozudez la suya exilándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano.

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